Vicisitudes del narcisismo
El narcisismo ocupa un lugar central en el campo analítico. Más que designar únicamente la dimensión libidinal del yo, constituye un concepto que permite delimitar una serie de problemas clínicos. Me referiré, en particular, a aquellas posiciones subjetivas en las que aparecen como rasgos principales la “rebaja del sentimiento de sí” y la ferocidad del superyó. Las llamamos —entre otros modos— “neurosis narcisistas”. Freud encontró en la melancolía el paradigma de estas afecciones, aunque otras lecturas han ampliado su campo clínico para incluir presentaciones como anorexias y bulimias, adicciones, afecciones psicosomáticas y las llamadas “patologías del acto”.
Allí donde las neurosis suponen la inscripción del sujeto en la falta y la pregunta por su lugar en el Otro, se trata aquí de lo fallido de esa operación. En los tiempos constitutivos de la estructura, el Otro no ofertó su falta de una buena manera, lo que se traduce en un fracaso de lo amoroso y un daño permanente del “sentimiento de sí”. Es en este punto donde la referencia freudiana a la melancolía conserva toda su actualidad. Se trataría, aquí, de distintas variantes de la posición melancólica.
Hay, por otra parte, un fracaso de la función del fantasma como marco y soporte del sujeto, y como estabilizador de los lazos. Encontramos aquí con frecuencia vínculos que tienden a lo pasional, marcados por la ambivalencia. El otro pasa de sostén absoluto o referencia idealizada a depositario del odio, como intento fallido de separación. Eso no impide que determinados ámbitos —el trabajo, ciertas rutinas, los lazos amistosos— puedan en parte funcionar como un marco que ofrece zonas de relativa pacificación.
Situamos también en estas posiciones subjetivas una lógica holofrásica, ya que la dificultad no radica únicamente en encontrar respuestas —como el fantasma—, sino en la misma formulación de una pregunta. Allí donde el análisis apunta al despliegue de una interrogación, nos encontramos con modalidades de padecimiento que resulta difícil dialectizar. El sufrimiento aparece entonces muchas veces pegado al cuerpo, empuja a un actuar o se tramita mediante el recurso al tóxico.
¿Cuál sería, en estos casos, nuestra maniobra? Recordemos, ante todo, que el deseo del analista está llamado a operar una diferencia con las condiciones de la estructura. Se trata de producir en el análisis alguna instancia de la falta en la que el sujeto se pueda inscribir, evitando en esto asumir alguna posición “salvacionista”, crítica que podríamos hacer del llamado “holding”. Allí donde el analista se ofrece como garante ante el desamparo, sólo logra sumar otro eslabón a la larga cadena de intentos de reparación fallidos, como suelen serlo los lazos amorosos.
La operación analítica apunta más bien a introducir la oferta de una falta. Una mujer llega a la guardia de una institución pública tras una decepción amorosa, al borde del pasaje al acto, diciendo que “no puede esperar”. La enfermera primero, y luego la analista que la recibe, pasan por alto los requerimientos burocráticos y responden, al “no ha lugar” del Otro, con un “ha lugar”, dimensión primera del acto que hará posible un análisis. Luego la analista la invita a hablar, afirmando que “hay tiempo”¹. La cuestión es, en efecto, restituir la posibilidad de un tiempo para comprender, ahí donde la urgencia empuja al sujeto a lo peor.
El análisis puede también producir un acotamiento de la ferocidad superyoica. No se trata de eliminar la exigencia ni de promover una conciliación imaginaria con uno mismo, sino de introducir cierta separación respecto de esa voz imperativa que reduce al sujeto a un objeto degradado del Otro. Del mismo modo, la restitución de alguna referencia paterna —no necesariamente encarnada, sino como función de mediación y límite— es una coordenada importante de esta clínica.
Otra de las apuestas que ponemos en acto en estos casos radica en la posibilidad de construir escenas que hagan la vida más soportable. La transferencia y la urdimbre de un relato posible funcionan como marcos que permiten, hasta cierto punto, el desarrollo de una interrogación, allí donde la frase superyoica actuaba como un destino cerrado. Se trata, finalmente, del advenimiento de alguna escena del mundo en la que el sujeto pueda encontrar un lugar, más allá de nuestra presencia aunque no sin ella. A eso apuntamos.
¹ Cf. PANDOLFI, G., “El lado oscuro del padre”. En: HEINRICH, H., Borde<R>S de la neurosis, Homo Sapiens, Rosario, 1997.
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Gabriel Belucci

