El Duelo como vía de acceso al deseo

¿Por qué el duelo es un concepto que nos concierne a los analistas? ¿Qué nos enseña sobre nuestra práctica clínica?
Frecuentemente, en la clínica nos encontramos con padecimientos que tienen su origen en pérdidas significativas: la ruptura de una relación amorosa, la muerte de un ser querido, el fin de un trabajo, el crecimiento de los hijos, la caducidad del cuerpo. Son algunas situaciones que producen la experiencia de una pérdida y que exigen un trabajo de duelo.
Ante el agujero en la existencia que ocasiona la pérdida de un objeto de amor, es posible observar distintas posiciones subjetivas, así como impasses en su tramitación. Tal como lo constata Freud, el objeto ya no está y, sin embargo, la libido permanece aferrada a él; se resiste a abandonar sus posiciones, aun cuando ya dispone de sustitutos. ¿Qué es lo que determina esta suerte de viscosidad de la libido, que se niega a pasar a otra cosa cuando ha perdido algo?
El proceso de duelo está íntimamente ligado con el dolor. El retiro de la libido del objeto perdido produce dolor, ya que exige desmontar un andamiaje fantasmático que sostenía la relación del sujeto con el objeto.
La pregunta que surge entonces es: ¿por qué nos aferramos a los objetos? ¿Por qué el ser humano necesita apegarse a ellos? Desde el psicoanálisis, esta cuestión encuentra su fundamento en la constitución misma del sujeto. El sujeto se constituye a partir de una falta originaria, de la cual el neurótico nada quiere saber. Ésta es una de las premisas fundamentales del psicoanálisis: no hay objeto adecuado para la satisfacción, no hay complementariedad entre sujeto y objeto, no hay relación sexual. Alguien por fuera de nuestro ámbito preguntaría preocupado ¿qué hay entonces? Hay ilusión de completud. La falta de objeto promueve la búsqueda y el encuentro con objetos sustitutos que velan la falta estructural y sostienen la creencia de que existiría un objeto capaz de completarnos, la ilusión de la “media naranja”.Desde esta perspectiva, el duelo es convocado a partir de la pérdida de un objeto sustituto que venía a velar ese vacío estructural. Esto nos permite precisar que el duelo no es por perder un objeto, sino más bien porque el objeto, en rigor, no era tal. El duelo es porque cae la creencia de que había un objeto capaz de colmar la falta. El duelo, en última instancia, es el duelo por lo que no hay (y no por lo que hubo). Esta lectura tiene consecuencias decisivas para la escucha psicoanalítica: que no se orienta tanto por la relación del sujeto con los objetos en sí, sino por la relación del sujeto con la falta de objeto.
Ahora bien, ¿en qué consiste el trabajo del duelo para el psicoanálisis? ¿Cuál es su función? Freud nos deja aquí en un atolladero conceptual: define el trabajo del duelo como el desasimiento de la libido que estaba amarrada al objeto perdido para que quede liberada y así pueda ser desplazada a otros objetos sustitutos.

Esta formulación abrió la puerta a objeciones y confusiones, porque favorece una lectura del duelo según una lógica de sustitución (una suerte de “un clavo saca a otro clavo”), reduciéndolo a una operación meramente reparadora o adaptativa.
La lectura que tengamos de los conceptos no es sin consecuencias: va a determinar nuestra escucha. Si pensamos que la función del duelo es sustituir un objeto por otro, la posición clínica tenderá a orientarse por la pregunta acerca de qué objeto le conviene más al paciente, y nos convertiríamos en una suerte de agencia matrimonial dedicada a conseguirle objetos perdidos a los pacientes.
La articulación que propone Lacan (particularmente en el seminario 10) entre el acting out y el duelo permite re-interrogar esta lectura y ampliar su alcance. Allí señala: “Lo que pondremos en el lugar del acting out es la función del duelo, ya que voy a proponerles […] que reconozcan […] en él una estructura fundamental de la constitución del deseo”.
En esta formulación, Lacan precisa la función del duelo: el trabajo de desinvestimiento del objeto no tiene por función sustituir un objeto por otro, sino la (re)constitución del deseo.
Los acting out (tan frecuentes en los primeros tiempos de un duelo) dan cuenta de un intento apresurado y compulsivo por reconstruir la escena perdida sin atravesar el trabajo que el duelo exige. Son una salida a la angustia que procura aislar un deseo, mostrándolo de manera precipitada. El acting da cuenta de un intento fallido de resituarse el sujeto respecto de su deseo. En ese sentido, sostiene (aunque fallidamente) la función del duelo.
El duelo se presenta así, como una vía de acceso al deseo. Su función no es que el sujeto disponga de un nuevo objeto, sino que pueda disponer de su deseo. Si luego se amarra a otro objeto, será por añadidura (porque disponía de su deseo). Esta lectura va muy en la línea de la ética del psicoanálisis: a los analistas no nos interesa que el sujeto se encuentre con tal o cual objeto, sino que acceda a su posición deseante.
Desde esta perspectiva, el trabajo del duelo no consiste en sustituir un objeto por otro, sino en sustituir un objeto por un vacío. Vacío que relance la dialéctica del deseo y la posibilidad de un nuevo modo de goce.
El duelo nos concierne como analistas porque se presenta como un avatar ineludible en la experiencia analítica, no sólo por las pérdidas contingentes que los pacientes traen a la consulta, sino porque el análisis, en su recorrido, se configura él mismo como una travesía de duelo.
En la medida que el fin de análisis apunta a la caída del Otro, a la caída de las identificaciones, esas caídas no son sin duelo. Dado que la falta estructural que habita al neurótico no se cura ni se repara, la salida posible es el duelo: no hay análisis sin duelo.

Analía Teitelbaum

 

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