“Antes me cortaba, ahora hablo” Del trazo en la piel al dibujo en el papel

Empiezo este escrito con esta frase elaborada en transferencia que condensa el punto de partida de este tratamiento. Se trata de una urgencia subjetiva sin posibilidad de historizar. Al principio un cuerpo que solo respondía con actuaciones, tales como los cortes ante la caída de lo simbólico.
Vivimos en una época en la que aparece la apatía y el desgano, las respuestas rápidas que sepultan lo deseante. Frente a este contexto la clínica analítica insiste en abrir enigmas.
Alojar el sufrimiento de la época implica abrir un espacio para que pueda emerger el deseo. Así sucedió en el caso que nos ocupa. Una paciente se acerca al consultorio con una angustia desbordada. Siempre se peleaba con alguien, presentaba síntomas tales como nerviosismo, autolesiones y una imposibilidad severa de salir de su hogar, sin bordes ni diques, enojada con el mundo, en una hostilidad encendida contra todas las personas que la rodean, como si ese lazo con los otros se hubiese astillado por completo.
Al sentarse y empezar a preguntarle el motivo de consulta, intenta nombrar lo indecible: “Estoy mal de amores”. Sin embargo, el desamor que presentaba la paciente no era una pena compartida. Se manifestaba como una catástrofe que la dejaba por fuera de todos los lazos, la deshabitaba, por este motivo lo leo como una melancolización.

El disparador de la consulta, fue el dicho de un hombre con quien estaba saliendo “no servís para estudiar”. Se reactualiza así el “sentirse inútil “que en análisis se pondrá en articulación con el “nadie me elige” de su infancia. Intervengo, desde un lugar diferente que la interpretación. Le pido que me muestre lo que había aprendido en arte.

Al traer sus dibujos se produjo un lazo. El acto analítico operó inscribiendo una mirada nueva. La paciente paso de estar en posición de objeto de desecho a hacerse mirar a través de los dibujos. El desborde de angustia se detuvo no por una interpretación, sino por los dibujos que hicieron de soporte allí donde la palabra estaba muda.
Cuando la paciente se identificaba con lo inservible, el corte aparecía como el único borde posible para separarse del Otro. A través del acto analítico en transferencia, el cuerpo deshabitado empieza a modificarse. La fijeza de las actuaciones cede. El nada me gusta comienza a quebrarse y permite interrogar su historia. La pulsión, desenlazada del deseo, que antes mortificaba el cuerpo, encuentra una vía de sublimación mediante los dibujos. El arte introduce un tiempo, un ritmo y un deseo allí donde todo estaba detenido. Este acto analítico introduce una discontinuidad en el desear nada de la época, posibilitando la inscripción en una clase de arte.

A modo de conclusión, traigo estas palabras de Vanesa Starasilis, quien refiere que en la clínica con pacientes difíciles “los fenómenos impulsivos que se repiten idénticos, sin diferencia, sin matriz significante, deben pasar a la esfera del inconsciente para que sean reescriturables”. Manifiesta la autora que “en el trabajo del análisis apostamos a que algo se ahueque, que la pulsión deje de ser impulsiva, que abra a un resonar” («El superyo como portador de una letra ante los fenómenos impulsivos», Starasilis, 2026, p. 77).

Natalia Centurión