Los fantasmas existen

El tiempo y su paso son un tema recurrente en los análisis: mirá si voy a cambiar a esta altura, si me hubiera animado antes, ya es tarde para hacerlo. La tensión del deseo neurótico expresado de un modo que irremediablemente desemboca en un atolladero, la imposibilidad de volver el tiempo atrás.

En la sociedad contemporánea incluso se ha consolidado como uno de sus grandes temores. El uso de filtros, las incontables rutinas de skincare, inyecciones de botox, distintos modos que permiten que, si no podemos frenar al tiempo al menos que no se note. La escritora Mariana Enriquez lo recorta de un modo especial: hoy en día la figura central en el cine de terror es la vejez.

Ahora bien, el psicoanálisis viene a subvertir esta lógica, primero cuestionando la idea de la linealidad del tiempo. Si con Freud pudimos ubicar que el inconsciente no sabe del tiempo cronológico; si la repetición es la reedición de un tiempo anterior, ¿cómo transcurre el tiempo en un síntoma? ¿De qué temporalidad se trata cuando el miedo en un adulto remite a terrores infantiles? ¿Cuál es el tiempo en la transferencia?

A veces incluso algunos pacientes ponen una pausa en sus análisis y vuelven años después. Y sucede que es como si no hubiera pasado el tiempo. Regresan con sus temores, fantasías, tristezas. Como los fantasmas que nunca se van de sus casas, en las neurosis los puntos de fijación se enraizan con una fuerza que no saben ni del tiempo ni del espacio.

 

Los fantasmas, de hecho, no saben del paso del tiempo, no envejecen. Se quedan dando vueltas por los mismos pasillos. Recorren una y otra vez los lugares conocidos, aquellos donde fueron felices, aquellos donde sufrieron. Son ecos, dice uno de los personajes de Enriquez. Efectivamente no son la percepción misma, sino su evocación, la memoria de un tiempo anterior y actual a la vez. Además, los fantasmas se encuentran atascados en estos lugares, no pueden dejarlos hasta que algún conflicto pendiente se pueda resolver. Como si la causa misma de su existencia fuera lo no resuelto. Como un síntoma. Entonces, ¿el analista sería un cazafantasmas?

Por otra parte ⎯y aquí nos encontramos con un desafío en nuestra práctica clínica⎯ ¿por qué se hermana tanto el tiempo con la idea de progreso? ¿Cuál es el progreso en un análisis, es anticipable, es medible? Y acá nuevamente nos encontramos con otro atolladero: cierta exigencia de las propias neurosis en que sí o sí transcurrido algún tiempo deberían sentirse mejor, y sin embargo, empeoran. Uno de los modos en que el superyó toma el poder y abate sus fuerzas. Ese sí que no sabe del paso del tiempo.

Entonces resta preguntarse qué es lo nuevo, si tiene que ver con el paso del tiempo. Tal vez no se trate de responder a un ideal de avance, o bien, de renegar de los lugares de dónde venimos, de maquillarlos. Acaso el tiempo no sea o sólo una sucesión de hechos con una direccionalidad progrediente o una circularidad que no remite más que a sí mismo.
Quizá no se trate de dejar de creer en fantasmas, sino que ellos dejen de crear en uno.
Y después? No sabemos. Aún.

Florencia Topper

 

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