La caída del amor
Duelo, fantasma y posición subjetiva
Una pérdida amorosa no se reduce a la ausencia de una persona.
En muchos casos, lo que se conmueve es también una posición subjetiva sostenida en ese lazo: rasgos propios transferidos al otro, modos de esperar, de demandar, de amar, e incluso una determinada consistencia en la economía psíquica.
Por eso, en la práctica, una ruptura amorosa no se lee solamente como acontecimiento actual: muchas veces reactiva escenas, identificaciones y lugares subjetivos que preceden ampliamente al lazo que acaba de interrumpirse.
Rasgos propios en el partenaire amoroso
En el partenaire amoroso se reencuentran rasgos propios.
¿En qué consiste eso “propio” que, al decir de Freud, se transfiere y reaparece en un semejante? En ciertos rasgos que constituyen al sujeto respecto del Otro.
El Edipo funciona aquí como operador de lectura. En una ocasión fue posible leer, a partir del trabajo de un analizante, distintas escenas de celos que se repetían con varias mujeres. Ese clisé amoroso reconducía a una identificación con su madre: en ella se sostenían rasgos —celosa, demandante— que luego organizaban sus vínculos amorosos. Los rasgos que él actuaba delimitaban también su lugar infantil de objeto respecto de esa madre. Años después, distintas mujeres venían a metaforizar ese lugar: ellas ocupaban el sitio del objeto de los celos maternos, mientras él seguía sosteniendo, vía transferencia, esa escena.
La escena amorosa repetía una posición infantil.
El duelo por los rasgos conferidos al otro
¿Qué ocurre cuando ese partenaire ya no está?
En un duelo no se pierde solamente a quien estaba ahí. También se pierde aquel que sostenía rasgos propios transferidos al otro.
Por eso Freud formula una pregunta decisiva: no se trata solamente de saber a quién se perdió, sino qué se perdió en aquel que se perdió.
En el duelo está en juego la existencia misma del sujeto. Porque aquello que se pierde no pertenece al plano del reconocimiento. La transferencia vehiculiza algo propio y ajeno a la vez: un exterior en el interior.
Constitución melancólica
Cuando se pierde un lazo amoroso, las investiduras resignadas se transforman en identificaciones. La identificación se produce en el lugar mismo de la pérdida.
Por eso Freud propone que el yo es un cementerio de investiduras resignadas: las identificaciones son sus monumentos recordatorios.
Hay, entonces, una dimensión melancólica en la constitución subjetiva.
Cada pérdida deja marcas.
Trabajo del duelo y acto
Lo perdido no es simplemente sustituible.
Puede reencontrarse en otro semejante algo de lo propio transferido, pero también permanece algo insustituible.
Por eso conviene distinguir trabajo del duelo y acto del duelo.
El duelo tiene tiempos, recorridos, desplazamientos. Pero en cierto punto exige un acto: un pasaje en el que el sujeto atraviesa un umbral y subjetiva una pérdida.
Solo un acto traza una nueva temporalidad entre lo perdido y lo que queda por delante.
Un duelo completamente pensado como sustitución es melancolizante.
Hacia el fantasma fundamental
Lacan retoma la constitución melancólica, pero introduce un giro decisivo: el fantasma no se constituye por una pérdida de objeto, sino bajo la figura del duelo. Porque hay pérdidas que obligan a reorganizar la escena misma del deseo.
Por eso algunos desarrollos hablan de duelo por el falo: a veces lo que se conmueve no es solo un objeto perdido, sino también el lugar desde donde alguien había quedado implicado en el deseo del Otro.
Cuando esto puede leerse en un análisis, no solo se tramita una pérdida. También puede modificarse una identificación infantil que seguía ordenando el modo de amar.
Lo que un análisis puede leer
La lectura del analista permite transitar desde la repetición del clisé amoroso hacia un duelo por esa posición subjetiva.
En ese punto, el fantasma no es simplemente un dato previo: se constituye como efecto de una operación analítica.
El fantasma que sostiene el deseo se distingue de aquellos fantasmas cotidianos (plural) que inhiben, empobrecen, melancolizan, impotentizan.
Las pérdidas a veces permiten que la lectura analítica introduzca una diferencia. Ahí donde se perdió a alguien, un análisis pueda producir la caída de una posición subjetiva desde la que se amaba.
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Leopoldo Kligmann

