La antesala del acto

La intención de este escrito es pensar que es lo que ocurre en los análisis cuando el trabajo se vuelve inoperoso, cualquiera sea la forma que adopte esa inoperancia. Se trata de la singularidad que en, cada caso, anuncia la inminencia de un movimiento transferencial: un acto con un fundamento ético propio.
Con el devenir de las asociaciones, recuerdos, intervenciones atinadas o dudosas, los análisis se ponen difíciles: sesiones que aburren, que se tornan hostiles, que están signadas por la ausencia, la desatención, la detención del movimiento, o bien momentos y situaciones en las que nos vemos trabajando “de más”, bailando a un ritmo que no es cómodo habitar, pero al mismo tiempo imposible de denunciar
¿Qué pasa cuando el clima se pone así? Pasa el objeto. La transferencia de objeto se dirige al analista, y exige una maniobra, pero para poder actuar hay que estar ahí, justo ahí. Para aclarar este punto es lícito decir que la transferencia de objeto no hay que evitarla, renegarla, sino esperarla. Esperarla, no desde un lugar paranoico, sino esperarla como se esperan esas cosas que inexorablemente van a ocurrir.
La identificación al rasgo es la respuesta más o menos inmediata del sujeto frente a la caída fálica. Respecto de esta caída, el sujeto se defiende identificándose a ese rasgo del Otro que es responsable de la caída. Portar el rasgo para no ser objeto de él.
Ese rasgo implicará necesariamente la trasferencia hacia el objeto otro. Identificación al rasgo y tranferencia de objeto son movimientos correlativos.
Sabemos que no siempre trabajamos en el plano del desciframiento Icc, que no todo lo que retorna en un análisis, retorna desde lo reprimido. Esos restos, nos interpelan por su imposibilidad de traducción en palabras. Cuando irrumpen los restos, irrumpen bajo la sombra de la transferencia de objeto.
Decir que un análisis va en el sentido de desarticular fantasma y superyó como respuestas prefijadas en las que la neurosis ha armado su parapeto defensivo, implica sostener que un análisis va hacia ese lugar que supone un vacío, una zona de desprotección. Exsistir por fuera de esas cristalizaciones supone un instante de desvalimiento.” Morir sin morir”.
El fantasma enmarca la escena, los restos de lo visto, así como el Superyó liga los restos de lo oído, y los liga en torno a la voz. Voz que se torna mandato, ordenando lo que está prohibido y lo que está habilitado, heredero del complejo de Edipo, articulado al falo.
Pero también el Superyó en su arista prehistórica que implica ese lado oscuro de la voz, áfona, monocorde, mortífera, que ordena una impiadosa necesidad de castigo al yo.

Y aquí se abre un interrogante. ¿Cómo se trabajan esos restos en un análisis, ya que no tienen la materialidad de la palabra?
La genealogía es el modo de ser hablado por generaciones en el peor y en el mejor de los sentidos.
En nuestros análisis entonces convocamos a los muertos, les ponemos cara, nombre, circunstancia, porque de lo contrario la voz del pasado se transforma en la voz de un oráculo. Voz áfona que retoma el superyó en su crueldad sin límites.
Estos restos se ubican más allá de la interpretación. Y sin embargo hay que pasar por ahí, anudar ese origen que nos trasciende.
Así lo saben quienes trabajan las constelaciones familiares, aunque la escencial diferencia radica en el principio ético en que está fundamentado el dispositivo analítico. El psicoanálisis no se sostiene, en el registro del saber. No condena al sujeto a una experiencia exclusivamente de ese orden. El psicoanálisis no desconoce, ni subestima el poder de la compulsión a la repetición, del sentimiento icc de culpa. La eficacia del análisis en ese punto es el acto, que apunta a la des ligadura que supone esa identificación.
Cuando Freud, algunos años más tarde, comparó la tarea del analista con la del arqueólogo, lo hizo precisamente para darnos a entender que encontrar la “pieza” es solo el principio del trabajo. Apenas un resto, una palabra, un fragmento de un sueño, para dar lugar a la construcción, aclarando que es una labor preliminar. Es decir, a partir de ahí se tendrá que reelaborar, rizar el rizo, en un arduo trabajo que no se agota en absoluto en el hecho de haber descubierto un dato de la genealogía que nos atraviesa.
La operatoria que produce el corte en acto de la identificación es posible en transferencia y a partir del decir interpretante. Ir hacia allí es un destino asegurado por el propio dispositivo, cuyo fundamento está más allá del principio del placer. Se tratará de un pasaje por el origen, por el fundamento, y pasar por el fundamento anudará la existencia en relación al deseo y no a una variabilidad de la defensa contra la pulsión.
En ese punto aparece otro destino posible: la sublimación, cuyo sentido es un destino anudado al origen. La sublimación queda por fuera de la moral porque remite a una ética, la ética del deseo, de la falta. Supone una nueva ligadura no articulada a la demanda del otro, sin metáfora ni contrapartida, que no queda a la espera de una respuesta. La sublimación ofrece otro modo de relación con el objeto que no supone transferencia de objeto.
El deseo entonces, permitirá escribir a mano alzada el destino del sujeto, ya no dictado por otros, sino siendo escrito por la falta, la falta que escribe en UNO.

Gaby Prinsich

 

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