Ironía e insistencia en la esquizofrenia
El esquizofrénico está fuera del discurso y, por ende, también fuera del mecanismo de la palabra cuya estructura evidencia la pertenencia del sujeto al discurso y al lazo social. Sin embargo, el fenómeno que aquí abordaremos es conceptualizado por Freud como un intento de restitución, vinculado a una llamativa insistencia del esquizofrénico por convocar al otro, aunque sólo para dejarlo desconcertado. Planteamos, siguiendo a Lacan, que la ironía esquizofrénica va hasta la raíz de toda relación social porque, en su intento de restitución, el esquizofrénico pone al desnudo los fundamentos del lazo social. Al intentar restablecerlo, no hace más que poner en evidencia que esos fundamentos son acuerdos discursivos implícitos y arbitrarios que, sin embargo, vivimos como una realidad dada. Al mismo tiempo que ataca la lógica formal del discurso, el esquizofrénico nos hace creer que hay un lazo social posible. En ello radica su ironía.
Freud se refiere a “un intento de restitución que se conforma con las palabras en lugar de las cosas”, lo que nos conduce a pensar en un conformismo particular: el esquizofrénico llega a investir palabras, pero sin la pretensión neurótica de que estas signifiquen las cosas. Por eso sostenemos que el esquizofrénico no vive en la ilusión de adecuación entre palabras y cosas en la que el neurótico queda atrapado.
El esquizofrénico toca a las puertas del discurso para no entrar, pero logra hacernos acudir a ese llamado. Podríamos comparar este posicionamiento del esquizofrénico con el juego que solían hacer los niños en los barrios llamado “Ring Raje”. Este juego consiste en tocar el timbre de las casas y salir corriendo para, de esta forma, hacer acudir al dueño de casa al llamado y dejarlo desconcertado al observar que no hay nadie allí.
Esto no carece de relación con la insistencia a la que Lacan alude en Respuesta a estudiantes de filosofía. La insistencia es una forma de volver a empezar cada vez; lo que nos remite al pensamiento de Sören Kierkegaard en su libro sobre el concepto de ironía: “Lo que hace que la ironía se ponga de manifiesto es la libertad subjetiva que a cada instante tiene la posibilidad de un comienzo” (Kierkegaard, 1841, p. 280).
En este sentido, podemos afirmar que hay sujeto en la esquizofrenia: el sujeto que suponemos cada vez que el esquizofrénico se dispone al diálogo y plantea, así, la posibilidad de un comienzo. Esa suposición que, como interlocutores, realizamos es fundamental para que nos sintamos convocados a hablar; pero, al poco tiempo, comenzamos a perder el hilo lógico que intentamos seguir en sus manifestaciones. Entonces quedamos perplejos, confundidos: lo que parecía transparente se vuelve opaco, ininteligible.
En el mismo acto en que nos desconcierta, el esquizofrénico nos libera de la exigencia de la lógica formal discursiva. Y, al hacerlo, muestra también su propia libertad. Según Kierkegaard, la única forma en que un sujeto es libre es cuando constantemente plantea la posibilidad de un comienzo.
“En todo comienzo hay algo de seductor, puesto que el sujeto es libre todavía” (Kierkegaard, 1841, p. 280).
Esta fórmula kierkegaardiana, referida al concepto de ironía, alcanza su mayor resonancia en la ironía esquizofrénica. El comienzo que el esquizofrénico propone es seductor: llama al otro, convoca a la lógica formal que el neurótico sitúa en el campo del Otro, pero aún no se ha puesto en marcha el mecanismo de la palabra que busca ajustar los enunciados a esa lógica mediante el sentido.
La ironía esquizofrénica tiene que ver con este volver a empezar cada vez, con esa insistencia que renueva una y otra vez la posibilidad del lazo social. Por eso, el intento de restitución esquizofrénico posee una particularidad: al mismo tiempo que ataca el lazo discursivo, nos hace creer que un lazo social es posible.
Así se manifiesta la ironía radical del esquizofrénico, que cumple de manera cruda una característica esencial de la ironía —la de volver al punto de partida, la de renovar a cada instante la posibilidad de un lazo con el otro—. En eso radica su modo singular de ser social.
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Gonzalo Javier López

