El sujeto en la era del algoritmo
El psicoanálisis no surge en el vacío. Se instituye en un momento histórico preciso, marcado por el auge de la ciencia en el campo social. La ciencia, en su gesto inaugural, se constituye en un saber cuya sintaxis es lógico-matemática, y que pretende abarcar lo real sin resto. Pero ese mismo gesto fundacional produce como resto al sujeto y opera, también, su forclusión.
Freud, padre fundador de lo que hoy se nombra “neurociencias”, descubre en su práctica esa dimensión del sujeto que lo lleva a apartarse de su proyecto de aparato neuronal. Allí donde la ciencia moderna prescinde del sujeto, el psicoanálisis lo reinstala como condición. Lacan lo conceptualizará como efecto del lenguaje, del encuentro del viviente con el Otro.
En este punto se juega una divergencia decisiva: mientras ciertas terapéuticas contemporáneas tienden a objetivar lo psíquico en un conjunto de procesos susceptibles de modelización y corrección —como si se tratara de un sistema de cómputo más o menos complejo—, la práctica analítica se orienta por una dimensión irreductible al algoritmo. Partimos de la tesis de que el padecimiento psíquico no se reduce a un error de programación pasible de rectificarse, sino que implica al sujeto en su posición, en su modo singular de inscribirse en el lazo al Otro.
Nuestra época es testigo del avance de una psicología objetivante, sustentada en la relación a la “evidencia”. Por otra parte, el desarrollo de la IA y la expansión de los algoritmos a niveles impensados intensifican la tentación de leer lo humano bajo la lógica del cálculo. ¿Cómo no hacerlo si del otro lado nos encontramos con algo que, con toda precisión, nos lee y nos responde? Res legens, diríamos con Descartes. La capacidad de procesamiento de datos, la predicción de comportamientos, la automatización de decisiones: todo ello refuerza la idea de que el psiquismo sería, en última instancia, una intrincada maquinaria o un entramado de datos que se podrían replicar o conservar en la nube una vez disuelto su soporte material.
Pero es allí donde el sujeto se hace presente en el tropiezo de un lapsus, en el movimiento del deseo o en los atolladeros del goce, que implican que el ser hablante no es sin un cuerpo. Es en este horizonte que se sitúa la apuesta de un espacio como Actualidad Analítica. La teoría y la práctica del psicoanálisis implican sostener la dimensión del sujeto en un contexto que tiende a diluirla. No se trata de una defensa nostálgica: se trata de interrogar las condiciones actuales de la clínica, de pensar cómo se presentan hoy el síntoma, la angustia, la urgencia subjetiva, y de hacerlo sin ceder en aquello que constituye el núcleo de la orientación analítica. Por otra parte, la eficacia del psicoanálisis no se limita hoy al tratamiento de la neurosis. La clínica de las psicosis, de las neurosis narcisistas, de la urgencia subjetiva y los modos del malestar contemporáneo, testimonian una práctica viva, capaz de reinventar sus dispositivos sin perder su norte. La experiencia y el discurso analíticos nos permiten leer, ahí donde hay un pathos, un sujeto.
Hablar de “actualidad” supone, entonces, que la vigencia del psicoanálisis no se sostiene en la repetición de fórmulas, sino en su capacidad de producir elaboraciones nuevas a partir de una praxis. En el marco de Actualidad Analítica como proyecto de transmisión del psicoanálisis, este blog se propone como un espacio para esa elaboración. Un lugar donde los conceptos hagan trama con la clínica, en el espíritu inaugural de la investigación freudiana. Ese nudo a la praxis —Freud lo sabía bien— es el único modo de que nuestros conceptos no se diluyan en una filosofía. En todo caso, recuperamos de la filosofía su eje fundamental, esa disposición a la pregunta que agujerea cualquier saber que se pretenda cerrado. Allí es donde el psicoanálisis hace resonar una verdad que, a lo largo de más de un siglo, no cesa de insistir.
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Gabriel Belucci

