Del silencio del consumo a la fluidez de la palabra

El psicoanálisis siempre ha sido un hijo crítico de su tiempo. Debe su lugar a los márgenes abiertos por la ciencia y la medicina. Hoy la clínica se enfrenta a un escenario muy distinto al que le dio origen. En este contexto, la praxis analítica ofrece algo distinto: un re-ligar no religioso ni ingenuo. El psicoanálisis se presenta como un espacio de resistencia al imperativo voraz del “tengo que poder”, que se manifiesta tanto en la soledad del síntoma como en las “desastrosas sugestiones colectivas” de las que Freud nos alertara en “Por qué la guerra”.
Lo “enloquecedor” de la época se ubica en parte en la estructura del superyó contemporáneo, que ya no prohíbe sino que manda a gozar. Es un imperativo feroz, que empuja al sujeto a un consumo constante y a la búsqueda de una satisfacción inmediata. Esta satisfacción, al ser estructuralmente inalcanzable, lo sumerge en una culpa paradójica: el sufrimiento por no gozar lo suficiente. El resultado lo verifica: cae preso de un agotamiento interminable.

Fragmento de un caso

El caso de H., un joven profesional, ilustra un posible modo de entrada, pasaje necesario hacia el dispositivo analítico y sus modos transferenciales actuales.
Tras algunas primeras entrevistas presenciales, la modalidad vira a una virtual, basada fundamentalmente en llamadas telefónicas, “por cuestiones prácticas”. Esta modalidad presenta dificultades, sin duda. Dejé de estar en cuerpo presente para convertirme en “una voz en el teléfono”.

     

    H. plantea una demanda que resuena como imperativo contemporáneo: “Tenés que ayudarme con mis hábitos”. No habla de deseos, sino de consumos que le permiten “gozar en esta vida miserable que me hace sufrir a diario”. Economía desorganizada, gastos excesivos, hábitos que lo dejan vacío, “con panza y solo”. Demanda de época por excelencia: el pedido de un manual de instrucciones para regular el exceso.
    Sin embargo, el núcleo de su padecer se reveló en la distancia que permite el teléfono. H. relata un posible encuentro con alguien con quien viene hablando, que dice tener HIV positivo “indetectable”. Normalmente esto sería un obstáculo, pero decide ir con una disposición distinta, lo confiesa con cierta complicidad. Piensa ir y hablar, en tanto en la sesión asocia su ser “a-dicto” con su dificultad para decir. Ante mi señalamiento de que, por el contrario, posee una gran fluidez verbal, él arroja una verdad tajante: reconoce su facilidad de palabra, pero advierte que cada vez que consume, fuma o come, lo hace a solas y en silencio. Las condiciones de posibilidad para un inicio implican, entonces, que una demanda pueda ser dirigida y que la transferencia se instale, apuntando al sujeto del deseo.
    El psicoanálisis sostiene su vigencia en tanto permite operar sobre la escena social bombardeada por estímulos masivos que ofertan una satisfacción inmediata, en un verdadero empuje al “onanismo mental”. El ruido informativo, las redes, los dispositivos tecnológicos, parecen haber erosionado la capacidad de pensamiento y la subjetividad se manifiesta fragmentada, diluida, agotada. El psicoanálisis sostiene aquí un sujeto que no se reduce a un algoritmo, mientras que la inteligencia artificial, logrado exponente de la tecnología científica, representa una alteridad que por el momento no pone en juego un sujeto.

    Francisco Albanese

     

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